Cuando aún no ha empezado a amanecer, las figuras de los árboles no revelan su naturaleza, no se percibe bien qué tipo de fruto pueden dar. Aquello que parecía ser un mango resultó ser un mangante.

Cuando las ciudades duermen, transitar por las calles da una sensación de única propiedad, los bancos nos dan su hospitalidad interesada… Pero llega el momento que el sol sale y las sombras se disipan, los fantasmas corren hacia su búnker a la espera de poder mover ficha sin que nadie les vea. Pero el sol, cuanto más sube, más entra en los rincones y aquellas cosas que parecían ocultas para siempre ya no lo son más. La ciudad despierta es más difícil de ser manejada y los fantasmas se quedan sin sus óperas -operaciones- secretas. La luz arrastró un montón de oscuridad, disipó todo, hasta las dudas de qué tipo de frutos daban. Los alcornoques se quedaron con sus cortezas -terrestres-, pero hay más tierra y el horizonte se amplía a medida que avanzamos más.

El despertar del pueblo es el verdadero causante de los cambios que se están dando en la sociedad.

Antes del amanecer los modos de actuar eran de una forma y al llegar la luz todo empezó a cambiar. Donde antes ponía prohibido el paso, ahora es permitido. Situaciones oscuras o interesadas que nos hicieron ver que eran prohibidas, al ver las cosas mejor ya no lo eran: allí por donde unos pocos podían pasar ahora pueden pasar todos. Las limitaciones se crearon de acuerdo a unos intereses particulares, el mundo se hizo a imagen y semejanza de ellos.

Pero ahora el mundo comienza a ser a imagen de quienes despiertan desde la honestidad.

Quien hizo la ley hizo la trampa. Curiosamente vemos que muchos de quienes mangonearon e hicieron las trampas han caído ahora en ellas. Las ciudades están despertando y por ley natural se está elevando la bandera de la honestidad en todas ellas. Poco a poco, las zonas oscuras están desapareciendo, aunque queden muchas, pero ellas solas se están removiendo con tanto miedo que se dejan ver como niños fantasma. Los mangos-mangantes son seres humanos, ciertamente transgenizados pero rehabilitables; eso sí, no deberían dirigir ya el tráfico ni poner más señales estúpidas.

Las ciudades que antes despierten antes disfrutarán de un mejor vivir. Sus ciudadanos no estarán dominados por el miedo a las trampas, con o sin radares, con tantas multas y con tantos impuestos. Una vida mejor vivida tendrá un valor añadido, un V.A. sin “I”. Se impondrá la honestidad, pero la honestidad no se impone desde ‘Hacienda’ como un impuesto, sino ‘haciendo’ que el conocimiento sea la luz que guíe la sociedad.

No somos dulces soñadores de un mundo mejor; cada cosa que se dice en este boletín tiene un soporte muy sólido, verificable y de alto rigor científico. La honestidad se está imponiendo, poco a poco, y ciertamente esta es la forma de cambiar el mundo. La honestidad no puede ser impuesta por leyes, no es un carnet de puntos que nos quitan por infracciones, porque hay trampas que no tienen mucho sentido que sigan existiendo. El carnet de honesto no se da, ni hay exámenes que puedan determinar el alcance de esa maravillosa cualidad humana. La honestidad incluye tantos valores que es imposible validar con exámenes. Pero un hombre santo es capaz de verificar la santidad de otra persona por una sola palabra, por lo que una persona con cualidades ilimitadas es capaz de distinguir a otra persona con las mismas cualidades.

La honestidad no se gana memorizando libros, ni leyes constitucionales, ni siguiendo unas normas religiosas por temor a Dios. La honestidad tiene tantas cualidades que su descripción en unos pocos párrafos sería limitada. Aunque por una sola palabra sea posible descubrir la honestidad de un ser humano.

Analizando una planta veríamos que en su primer brote están concentradas todas sus variables, condiciones y cualidades. En otras palabras, podríamos decir que en su primer brote están todos los códigos de comportamiento que va a tener esa planta (esto siempre referido a plantas naturales y no manipuladas transgénicamente por “hombres listos”). En el primer brote y desde la semilla se ve venir la amplitud de la planta. Un solo brote, como una sola palabra surgida desde la semilla que guarda todo corazón, es una muestra del comportamiento que esa persona va a tener en la vida. La honestidad es el primer brote desde el que se bifurcan muchas ramas, muchos pétalos (decente, justo, recto, honrado, sincero, coherente, respetuoso, virtuoso, amigo, protector…).

La honestidad es un carnet sin identidad, es la forma más simple de la conciencia humana, es la expresión más pura del corazón.

Es el descubrimiento más grande que un ser humano pueda llegar a hacer en su vida. La inocencia es su único camino, muy diferente a la astucia, que es la vereda que toma el mango-mangante. La honestidad es inocencia pura, la sencillez no impuesta, ni soñada ni rezada, es simplicidad genuina. No altera, solo revoluciona en cuanto aparece.

En la forma más simple y sencilla de nuestra conciencia para encontrar el “valor añadido” de la vida. Las reglas del verdadero vivir no son las humanas, son las que gobiernan todo el Universo. ¿Existe una Inteligencia superior a estas? Seguro que no, y no la encontraremos escondida en una cuenta suiza. Seamos responsables y hagamos que nuestra ciudad despierte a tiempo. Despertemos a base de conocimiento, no a base palos.

Feliz semana y que mañana tengamos un mejor despertar. Un abrazo familiar.

José Antonio Cordero
Director de Agricultura Védica Maharishi y profesor de la Técnica Meditación Trascendental

 

“Sólo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Si responde sí, ya sabemos que es un corrupto.”

Groucho Marx

“Las honestas palabras nos dan un claro indicio de la honestidad del que las pronuncia o las escribe.”

Miguel Cervantes Saavedra

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